Haïtí n'existe pas. 1804-2004: deux cents ans de solitude

Editions Autrement-Frontieres, Paris 2004. Christophe Wargny.

 

Para quien quiera tener una visión actualizada de la larga tragedia haitiana, este libro -cuya prosa es realmente un verdadero placer- resulta indispensable. La obra describe la constante desesperanza de un pueblo que parece condenado al fracaso y a tener que convivir con la miseria y el atraso y se ocupa, particularmente, del período caracterizado por el fracaso personal de Jean-Bernard Aristide cuyo final Wargny sintetiza al describir, con inusual dureza, lo que le sucedió a un “movimiento emancipador, transformado en sindicato de caciques al servicio de un dirigente sin proyecto“.

El trabajo de Wargny comienza con una descripción de cómo Haiti, la hija no deseada de la Revolución Francesa, la primera república negra independiente de la historia proclamada en 1804, nunca pudo despegar hacia el progreso pese a que, en su momento, llegó a generar la tercera parte del comercio exterior de Francia y producir lo esencial de todo el azúcar del mundo. Se hundió como consecuencia de vivir en el paroxismo del apartheid, en medio de una represión interminable, sufriendo la arbitrariedad de sus propios líderes, controlada por apenas un 6 % de su población: los blancos. Entonces, como hoy, se decía en créole: “Se blan qui deside“ (“Es el blanco el que decide“). Pero algunos hombres de color fueron, en su momento, tan implacables como los blancos.

La independencia de Haití fue confiscada, diplomáticamente, por la ex metrópoli que en 1825 impuso a la joven nación duras reparaciones, absolutamente imposibles de pagar, para subsanar los daños ocasionados por la revolución negra a los franceses y a sus empresas.

El líder independentista Dessalines masacró a los blancos con muy pocas excepciones conformadas fundamentalmente por curas y médicos y, curiosamente, un regimiento polaco que se había rebelado contra las fuerzas napoleónicas. La dirigencia cróele reemplazó a los blancos con singular dureza y la esclavitud desapareció entonces como institución legal, quizás, pero nunca como hecho al que estaba sometida la inmensa mayoría del pueblo haitiano.

El libro que comentamos describe asimismo la relación históricamente difícil con su vecina República Dominicana. Como ejemplo de esto recuerda la masacre de más de diez mil haitianos por las fuerzas del dictador Leónidas Trujillo a mediados del siglo XX.

Un capítulo realmente notable, por las descripciones que contiene, es el dedicado a los tiempos de la autocrática y predadora dinastía de los Duvalier y sus “tonton macoutes“. Me refiero al período 1957-1986, cuando aparecen en Haití las organizaciones de base y las milicias callejeras que parecen resucitar en cada giro de la historia. Con ellas, los haitianos se acostumbran al terror y al miedo. Y a tener que convivir con la violencia, desgraciadamente.

La era de Aristide sigue en el orden del autor. Durante ella, la promesa de pasar de la miseria indigna a la pobreza digna repicó en los oídos de todos. El partido de Aristide, “Lavalás“, era el eje que lo unía con su pueblo. Un puente curioso, mezcla de amor y confianza, pero sus promesas terminan siendo apenas un doble discurso. Uno más. Un muro de improvisación, precipitación y clásica venalidad política termina por aniquilar la alternativa, que luego de solo ocho meses es reemplazada por las armas de una Junta Militar.

Después viene la descripción del exilio de Aristide y de allí se pasa a su retorno a la isla, con el apoyo de la comunidad internacional. Ese fue el momento en que Aristide comprendió que ninguna sociedad puede edificarse y crecer cuando no se persigue y sanciona al crimen. Pero todo en Haití estaba corrupto. Hasta el poder judicial y la misma policía. Tras Arsitide, viene lo de Préval y su amarga victoria, que no termina de desplazar a los arcaísmos sin los cuales nada parece funcionar en Haití.

El notable final del libro comienza a insinuarse con la descripción de la crisis institucional de 1997, que profundiza el desastre ecológico gigantesco de Haití y atrapa a toda una sociedad a la deriva, ante la mirada de una comunidad internacional que no atina a salir de su asombro, estancada entre la indiferencia y la impotencia.

Mientras tanto Aristide, luego de reelecto en diciembre del 2000, se transforma de profeta carismático en un político haitiano más, con todas sus mañas y hasta sus recetas. Sin proyecto, Aristide deja de ser pronto una ilusión para los suyos y sus ideas políticas se transforman en apenas una liturgia, desprovista de contenido. El abismo entre el discurso y la realidad es cada vez mayor. Para él, la política existe, pero sin los demás. Todo es sectarismo: o se comulga con él o se está excomulgado, sin opciones intermedias. El adversario, rápidamente demonizado, es tan solo un complotador. La cultura de la impunidad, no por casualidad, se apodera de todo. Hasta los traficantes de droga regresan a la realidad cotidiana de Haití. La brutalidad económica pasa a ser normalidad y la inseguridad alimentaria se transforma en una constante, de la que pocos escapan.

Aristide, atrapado en esa horrible madeja, es presa fácil de las milicias irregulares que, sin resistencia, lo van acorralando paso a paso. Sin fuerza material ni moral para resistir, su caída es, de pronto, solo cuestión de tiempo. Haití regresa aceleradamente a su fascinación con un vértigo, el del suicidio colectivo.

Y Aristide, como sueño, desaparece de su país. Se esfuma. Probablemente por un buen rato. El libro que esto describe, merece ser leído. Por su relato coherente y por la rara sensación de desesperanza que, transmitida por el autor, de alguna manera parece apoderase del lector.

 
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