Soft Power

Public Affairs, New York, 2004. Joseph S. Nye Jr.

 

La ya clásica noción de “poder blando“ (“soft power“) fue acuñada hace poco mas de una década por el prolífico Joseph S. Nye Jr. en 1990 en su libro “Bound to Lead“ (“Destinado a Liderar“).

Desde entonces, esta ha sido utilizada con mucha frecuencia como herramienta de análisis académico en las cuestiones que tienen que ver con la conducta y actitudes de los Estados -y otros sujetos- en las relaciones internacionales. Sin ir mas lejos, en este mismo número se publica un excelente trabajo de Joseph Tulchin que -como puede verse- recurre a esa noción frecuentemente.

Pese a ello, es cierto que muchos líderes, incluyendo notoriamente algunos de los nuestros, desconocen su importancia.

En su prefacio, Nye define al “poder blanco“ como “la habilidad de obtener lo que se desea a través de la atracción en lugar de la coerción o de los pagos“, aclarando que ese poder se origina en la atracción que un país es capaz de ejercer desde su cultura, sus ideas políticas y sus políticas. Porque la seducción es siempre más efectiva que la coerción y el poder es, en rigor, solo la capacidad de generar los resultados que se pretenden.

Todo lo contrario de la prepotencia o de las amenazas a las que lamentablemente estamos cada vez más acostumbrados, porque estas últimas actitudes, como lo destaca el propio Nye, son negativas. Tanto, que “la atracción puede tornarse repulsión, si actuamos con arrogancia y destruimos el verdadero mensaje que proyectan nuestros valores“.

El “poder blando“ está en nuestra cultura, en nuestros valores y políticas domésticas, así como en la sustancia y el estilo de nuestras políticas exteriores. En todo el atractivo que ciertamente allí puede generarse.

Por ello, cuando en política exterior se asume un papel desafiante, la consecuencia inmediata es la de anular todo lo atractivo que la personalidad de un Estado o de una sociedad pueden tener y proyectar. Este es, por ejemplo, el caso de Corea del Norte.

Aunque también es cierto que lo ideal es saber combinar firmeza con amabilidad, conducta y hasta educación. Lo que, está claro, a algunos les resulta bien difícil.

Como recuerda Nye, el propio Maquiavelo decía que era más importante ser temido que ser amado, pero las cosas han evolucionado y el mundo de hoy es distinto del de ayer. De allí que ahora deba procurarse combinar equilibradamente ambas cosas.

El “poder duro“ se exterioriza, según Nye, a través de las inducciones (zanahorias) y de las amenazas (palos). El “blando“, en cambio, a través de la habilidad de atraer o seducir y así moldear las preferencias de otros.

Nos decía Michael Ignatieff que en la comunidad internacional, el poder y la influencia se generan a través de tres vectores: la autoridad moral (conducta), la capacidad militar (fuerza) y la actitud y aptitud para asistir a otros. Es así.

Por ello un buen ciudadano de la comunidad internacional puede ser sumamente influyente en la realidad aún sin demasiado músculo militar. Como lo son los países escandinavos, Suiza o la propia Costa Rica.

Para aprovechar bien el “poder blando“ del que disponen los países y sus sociedades, deben advertir que el mismo emana de, por lo menos, tres fuentes: (i) la cultura e identidad, esto es valores y prácticas; (ii) los principios políticos en vigor y (iii) la política exterior, cuando ella se apoya en la legitimidad, en una actitud generosa y en la propia autoridad moral.

Una política exterior arrogante o esquizofrénica inevitablemente destruye “poder blando“, aunque algunos crean que no porque en rigor ellos mismos son arrogantes, lo que -a veces- ha dado buenos resultados en el plano doméstico.

Por el contrario, una política exterior activa y generosa al tiempo de dar y contribuir, permite una combinación de atracción y credibilidad; esto es “poder blando“.

Desde que la información se globalizó, la importancia relativa del “poder blando“ parece haber crecido enormemente. De allí la trascendencia no sólo de la conducta y los valores sino también la de saber enviar los mensajes.

El arte, la cultura, la moda, la música, las tradiciones, la belleza geográfica bien utilizada, la fauna y la flora y hasta la misma capacidad culinaria, son algunas de las fuentes posibles de generación de “poder blando“, o sea de capacidad de atraer a otros.

Por esto duele enormemente la indolencia frente a situaciones en las que algunos de nuestros rasgos esenciales son objeto de una suerte de apropiación abierta por parte de terceros, ante nuestra pasividad total. Por ejemplo, cuando uno vuela hacia o desde el exterior por American Airlines y lee la revista institucional de esa línea aérea se encuentra con que los gauchos son brasileños o que la Patagonia existe, pero tan solo del lado de Chile.

La tarea de captación de identidades de terceros, cuando ellas son atractivas y apropiables o compartibles, es incesante e inteligente en un mundo abierto a la información; quien no está constantemente alerta pierde o queda relegado.

Esto nos está pasando a nosotros. Hasta nuestras marcas, o sea nuestros signos distintivos y rasgos más tradicionales, están siendo utilizadas por otros. Ante nuestro silencio suicida. Esto es -ni mas ni menos- que ceder “poder blando”.

Pero para poder comprenderlo es necesario advertir primero que esa noción existe y que es importante. Lo que es difícil que ocurra cuando se vive transitando entre el aislamiento y la paranoia. Y, mucho más, cuando se recurre a la improvisación. O, peor, cuando es notorio que la absoluta falta de calidad se encarama y establece raíces en el poder.

Es hora, entonces, de que la Argentina invierta en su capacidad de generar “poder blando“. Para poder hacerlo hay que tener conciencia de su trascendencia, analizar las posibles fuentes de “poder blando“ que debieran utilizarse y defenderse, y adoptar las conductas consiguientes.

La Argentina tiene muchas cosas atractivas, pero pareciera estar empeñada en mostrar tan solo las negativas. Como su atracción fatal por el incumplimiento, la erupción de los resentimientos, la siembra del odio en la sociedad o el despreocupado rechazo social al Estado de Derecho evidenciado por lo sucedido en la crisis del 2001/02 -que deviene en preocupación cuando la inseguridad se instala en la sociedad sin haber advertido que aquélla es casi inevitable cuando la norma deja de ser pauta de conducta porque el Estado no la hace cumplir-, la actitud desafiante frente a todos, la cada vez mayor falta de pluralismo y su contrapartida que es la atracción fatal por el discurso oficial o único, la tendencia a tratar de manejar los medios de información masiva excesivamente concentrados en pocas manos, todo esto para citar tan solo algunos de nuestros rasgos adversos de los últimos tiempos.

Todo esto se ve desde afuera. Y es -por supuesto- todo lo contrario al “poder blando“

 
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